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Un parque frondoso
y un jardín renacentista


Escenario evocativo y romántico, preludio de tranquilidad y discreción, el parque custodia el castillo como en un verde y multiforme escriño. Lo separa del resto del poblado y del inmenso campo a su alrededor. Plátanos, abetos, fresnos, magnolias y álamos, diseñan seductores claroscuros, variables en los colores de las estaciones, trazan senderos y parterres contornados por mirto y matorrales de flor. De la misma manera de los más sugestivos jardines renacentistas, en el mismo se encuentran estatuas, una pérgola y un templete, siempre inmersos en la vegetación y siempre alusivos a la naturaleza y a sus frutos. La diosa Flora, con el cesto de rosas apoyado sobre un costado, la diosa de la Abundancia, adornada con racimos de uva y símbolo de fertilidad, son de buenos augurios y presencias irrenunciables en la puesta en escena del clásico rico y bello. Y si el templo vagamente paladiano, formado por seis columnas dóricas sobre las cuales se radica la exótica Clematis, enriquecido de asientos en el interior, invita al reposo y a la meditación, la pérgola mantenida por columnas en mármol de Vicenza y cubierta por un techo plano de madera, conduce a distracciones recreativas, que se vuelven sugestivas por el verdor de Partenocisso, muy verde de verano y escarlata de otoño. Pasear en el parque, respirar sus humores, se transforma siempre en un incomparable caminata entre los colores de las estaciones y anticipa las miles amenidades que reserva la estructura en su interior.